El debate sobre el estado de la nación protagonizado por Zapatero y Rajoy constató ayer que nos encontramos ante un ciclo agotado. Pudimos ver a un presidente del gobierno que ha renunciado a sus principios y que se ha visto obligado a proponer medidas en las que posiblemente ni él mismo cree. No propuso nada nuevo, no generó ninguna ilusión, no ofreció una imagen de liderazgo capaz de sacar a este país de la mayor crisis económica de las últimas décadas.
Frente a él, pudimos ver a un líder de la oposición correcto en las formas con un discurso duro de fondo y cuya principal propuesta es él mismo como presidente del gobierno. Si el presidente no tiene ninguna idea, la del líder de la oposición es justo la contraria.
Lo más grave de todo ha sido comprobar una vez más la distancia entre ambos y la falta de responsabilidad que les impide llegar a un pacto para salir de la crisis. Algo que sí han logrado en Alemania, Portugal o Estados Unidos. Parece que para el PP la única alternativa a esta situación de enquistamiento que vivimos es un cambio de presidente, cuando la única solución es un ejercicio de responsabilidad que propicie pactos entre las dos formaciones en los asuntos clave que tantas veces hemos reclamado desde esta web. Hace falta un acuerdo sobre el mercado laboral, el marco energético, la política fiscal, las pensiones, la educación y una mayor colaboración con y entre las comunidades autónomas.
Ni uno ni otro van a tomar la iniciativa que propicie un cambio en la presidencia porque saben que perderían el pulso. Rajoy no tiene hoy apoyos suficientes para garantizar el éxito de una moción de censura y Zapatero no está dispuesto a convocar unas elecciones que sabe a ciencia cierta que perdería. Eso sólo lo ha hecho hasta ahora Leopoldo Calvo Sotelo en los últimos estertores de la UCD, propiciando la alternativa que representaba Felipe González.
En estos momentos y tras ver el debate de ayer, la solución no es un cambio de presidente porque las posiciones de socialistas y populares se alejarían aún más. Un adelanto electoral generaría más dificultades económicas trasmitiendo más inseguridad, principal factor del importante descenso inversor en España.
En los últimos meses se apela constantemente a los pactos de La Moncloa, a la transición española, pero hay dos factores que impiden hoy reproducir aquel consenso: el nivel medio de la clase política nacional (que, desgraciadamente, está muy por debajo del de los políticos de la transición) y la ausencia de una fuerza de centro que pueda aportar estabilidad.
Ahora es cuando más se echa en falta un espacio entre la izquierda y la derecha. No hace falta que sea un espacio mayoritario como representó la UCD, bastaría con uno como el que han logrado los liberales en Reino Unido, el papel que durante años ha jugado la FDP en Alemania o, por qué no decirlo, el que ha jugado el PAR en Aragón.
Esa es una de las principales diferencias entre la política aragonesa y la nacional, que en ésta última no hay un espacio de centro que garantice la estabilidad, que modere las posiciones maximalistas de socialistas y populares para propiciar un gobierno de amplia base bajo el cual se vean representados la mayoría de los ciudadanos. No pretendo arrimar el ascua a mi sardina, pretendo llamar la atención sobre la imperiosa necesidad de que España cuente con una referencia en el centro porque PSOE y PP son incapaces de alcanzar acuerdos de Estado.
Hasta ahora, y ayer lo resaltó su portavoz con mucha razón, ese espacio lo ha cubierto CIU. Han ejercido de partido responsable al otorgar estabilidad en la aprobación de presupuestos, permitiendo la aprobación de medidas de reforma económica y arbitrando un debate demasiado bronco. Pero la sentencia del Estatut ha quebrado ese equilibrio y ha llevado a CIU muy lejos del PSOE, pero más aún del PP. Lo mismo le sucede al PNV, por lo que el centro que ocupaban los nacionalistas ahora está huérfano.
Hay quien quiere ver en UPyD esa alternativa, pero los planteamientos de Rosa Diez están más a la derecha que el PP por lo que poco pueden aportar a este escenario.
Me preocupa la deriva de la política nacional y me preocupa también que ese bipartidismo de trinchera llegue a Aragón. Desde el frentismo vamos a construir muy poco. Lo que menos necesita este país y Aragón es la recuperación de las dos Españas.
Al menos yo no quiero participar en ninguna de ellas, no estoy dispuesto a meterme en ninguna trinchera.
